FIDEL, EL QUE INCENDIÓ LA HISTORIA


Fidel Castro, político. Buenos Aires, Argentina. 2003.

No sucedió de una manera normal. Nunca me gustó pedir una nota, pero la ocasión justificaba superarlo.

– Entrevista a Fidel.

            Al otro día por la tarde. Entrevista exclusiva con el diario. Él, el que inventó la historia. Fidel Castro. El comandante Fidel Castro.

            No recuerdo lo que hacía pero seguro era nada. Esas horas muertas de los fotógrafos de staff que se convierten en odiosas y tediosas y que no pasan ni contando anécdotas aburridas de tanto contadas. Pasé y escuché, al paso escuché, como en el cine, un sonido secundario, suave, bajo pero claro.

-Yo quiero ir. Grité, alto y fuerte.

Fue la primera vez que hablé directamente con el Director del diario. Me habían dicho que no se le entendía nada. Era verdad, el diálogo fue amable, aunque él no era simpático, pero se esforzó por hacerse entender antes mi reiterados comentarios.

-No entiendo, no te entiendo…

-Vamos juntos, ya pedí el auto.

-Ah, sí, dale.

Bajamos con mi compañero. Llevábamos una valija de flashes de estudio con tres lámparas, mi fotómetro, mi bolso de fotógrafo y su bolso de fotógrafo. El chofer del auto me susurró, mientras poníamos los bártulos en el baúl. “Se van para arriba ustedes. ¿ Qué hacen con todos estos capangas?”

Viajamos en varios autos grandes pero apretados. Ellos hablaban, nosotros callábamos. Nunca había hecho una nota con el Director, el Secretario, el Secretario, el Secretario, el columnista!!! nosotros… callábamos.

      Llegamos al hotel, el Hyatt, de Retiro. Inmediatamente nos separamos de los “redactores” ¿Por qué será que los fotógrafos nos llevamos tan bien con nosotros mismos cuando estamos solos? Siempre queremos andar solos.

      Tres personas de traje y de piel negra se nos acercan y se presentan como de seguridad de la República de Cuba. Que nos van a registrar y nos invitan a pasar al ascensor.

      Piso uno, piso dos, piso tres, silencio. Bajamos… a la izquierda, habitación…no me acuerdo el número.

-Pasen, por favor. Dijo el de seguridad.

      Empecé a tener miedo. No se por qué pero era raro. Mi compañero me miró, cruzamos miradas. como diciendo… Perdimos macho!

La habitación estaba desordenada, había muchos tipos de traje, era raro pero relajado. Nos invitaron a dejar los bolsos sobre la cama y a retirarnos de la habitación. Salimos, nos acompaño durante la espera en el pasillo uno de los tres integrantes de la seguridad y pasaron… uno, dos, tres minutos… no más.

      Inmediatamente salieron y nos dijeron que tomáramos nuestras cosas. Nos dirigieron por el pasillo al ascensor y al piso… no me acuerdo. Pensamos con mi compañero. Son grosos estos tipos. En un minuto escanearon las cosas, nada estaba movido de su lugar… Estos de la KGB, dejaron su sello, pensé.

      Llegamos, la habitación era grande. Estaban nuestros compañeros… Los Jefes de redacción, ya sentados en una mesa redonda a la derecha de la puerta de entrada. A la izquierda, siguiendo la línea de la puerta, una fila de sillas con un montón de personas sentadas. Uno se paró inmediatamente. Lo reconocí, de las fotos en los diarios, no recuerdo su nombre. Era el entonces Canciller, un joven moderno de aspecto americano, de acuerdo a mis lecturas sobre los cambios políticos en la isla, importante que podía conducir una transición, nunca más escuché ni vi nada sobre él.

Muy amable nos recibió. Me sentía más a gusto con el trato de los seguridad y el Canciller que con el de mis “compañeros”. Nos explicó las condiciones de la entrevista en un cubano claro, enérgico pero amable.

-Veinte minutos de entrevista, dijo.

-Nosotros necesitamos cinco de la entrevista para las fotos. Entonces serán, quince de entrevista y cinco de fotos. ¿Le parece bien?

-Perfecto, dijo.

El comandante, Fidel, el que incendió la historia llegó media hora tarde… Entró a las corridas, alocado, pidiendo disculpas. Quedé al lado de él, cara a cara.

-Comandante! primerié. Son cinco minutos de la entrevista para la sesión de fotos.

Nadie se alteró por mi interrupción, ni los guardias, ni el Canciller en la cresta de la ola después caído en desgracia. Nadie. Todo era tan natural que empalagaba de bello.

-¿Dónde? (Horrible! Escribo y siento el acento cubano en mi memoria auditiva, pero no lo puedo manifestar entre las letras). Preguntó él.

-Allí. Señalé yo.

            Mientras esperábamos habíamos preparado con mi compañero un set elemental y rudimentario, por no decir patético. Pero era lo que se podía y estaba muy bien. La habitación era grande, un solo ambiente pero subdividido en tres espacios. Primero la sala con la mesa redonda para la entrevista, después un pequeño living, donde los de seguridad monitoreaban todo, al final un especie de privado, sin aislar, antes del baño. Allí, como fondo las cortinas (No pudimos poner nuestro fondo) y una silla. Dos luces, una ventana sobre la derecha y un paraguas sobre la izquierda. Ya estaba todo medido, las marcas con cinta en el piso. Solo faltaba él. Fidel, el que incendió la historia.

-Bien, ahora o después? Dijo.

-Al final, dije yo. Siempre me gusta fotografiar al final de las entrevistas.

      Se sentó, saludó a los de la mesa redonda. Miró a todos, y preguntó.

-¿Quién es el jefe?

-Yo!, con voz alta y clara dijo al que nunca se le entendía nada.

La entrevista duró dos horas, escuchó, respondió y disertó. Usó el pensamiento circular del materialismo dialéctico que nunca deja de maravillarme. Respondió todas y cada una de las preguntas. La mayoría del columnista de Internacionales, que sin duda era el que manejaba el tema. Pero nunca, jamás. Nunca jamás, movió su cabeza. Siempre escuchó, respondió cada una de las preguntas dirigiéndose al jefe.

Después de transcurridas las dos horas, el Canciller alertó sobre la demora de más de tres horas…

-Comandante, lo están esperando.

-Uyyy ! Es cierto! Levantando levemente la voz.

-Saludó, veloz pero amablemente y se fué.

Fue un instante, un destello de flash. Las dos horas de la entrevista haciendo fotos junto con mi compañero. Rodeando la mesa circular siempre hasta un punto. Los custodios no nos permitían pasar detrás de él en el aburrimiento, buscando fotos, en el asombro de lo que podía escuchar. Me sorprendía su calzado. Pensaba, este tipo les hizo la revolución a los gringos en sus narices y anda con estas zapatillas de mala muerte, negras de cuerina y encima viste un traje gris. Seguro tiene un problema en los pies… Las cosas que pensamos los fotógrafos cuando las entrevistas son largas!!!!

Cando me di cuenta ya estaba en el medio del pasillo. Salí por la puerta de la habitación eyectado.

-Comandante! Grité!!!, amablemente, claro.

-¿Sí? Dándose vuelta suavemente segundos antes de subir al ascensor.

-Falta la sesión de fotos, Acordamos cinco minutos.

-Uyyyy! Sí, disculpas.

-¿Donde quieres?

No podía creer que esto estuviera sucediendo.

-En la habitación, al fondo. Dije.

Regresamos, sí. Él, Fidel, el que incendió la historia. Me dio pelota y respetó nuestro acuerdo previo a pesar de tener tres horas de atraso. Un Moncada, una Sierra Maestra, un Guantánamo, una crisis de los misiles, un avión fugado de una cárcel austral de la Argentina lleno de guerrilleros y no se cuántos quilombos más. Increíble el tipo.

      Le pedí que se colocara frente a la ventana, con la cortina de fondo, atrás de la silla. Que colocara su mano sobre ella. Que mirara a la ventana del flash a la derecha. (Quería hacer una como la del fotógrafo francés que lo puso a posar en el mar sobre las piedras, en Cuba, con luz ambiente baja y destello de flash. No recuerdo su nombre) Que ingenuo, yo, pero quería intentarlo. Después le pedí que mire a cámara. Tres, cuatro fotos hasta el momento. Todo estaba medido con anticipación así que ni un segundo perdido en esas cosas. Estaba ablandando, quería llegar a algo mejor aunque no tenía muy claro a qué y sabía que no tenía tiempo. Cuando de repente veo su cara de asombro a través del visor y gente que ingresa al cuadro… ¿ Qué?

Sí, los redactores. Los Secretarios, el Columnista, el Director, todos posando junto a él. Sí, al entrevistado. A Fidel. Si a él, el que incendió la historia, ese del Moncada, etc., etc.

-Sacanos una foto junto al Comandante.

Nuestros cinco minutos solicitados y respetados por Fidel Castro, Presidente de Cuba. Sí, el que incendió la historia, el del Moncada, etc., etc. Ese, después de mi pedido en el pasillo apurado, casi sobre el ascensor. Su respeto por el pacto habían expirado tras cinco obturaciones y dos miradas a los laterales, con un destello de flash que no disparó por que no recicló. Por la vanidad de los mejores periodistas del diario… Lo menos!

La foto zafó, fue la tapa del diario. Las de la entrevista en la mesa redonda fueron adentro. Las de los periodistas más importantes del diario con el entrevistado entregadas en mano por los editores de fotografía, para que conserven un recuerdo personal. Y todos contentos.

Haber escuchado, hablado, fotografiado a ese personaje de la historia mundial contemporánea fue lo más importante que me pasó en toda mi carrera. Aprendí, mucho, dignidad, respeto y compañerismo.

            Unas semanas después llegué al diario como siempre a tomar mi turno por la tarde, ingresando por la puerta de personal, cuando uno de los guardias me para y me dice.

-Acosta, tiene un paquete a su nombre.

Era un sobre con una tarjeta del Presidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz. Y una botella de ron dentro del sobre.

-Un capo el viejo, mirá lo que nos mandó. Me dijo mi compañero.

Conservo la tarjeta en mi escritorio, casi como un tesoro. El ron, cerrado en un aparador de casa, de esos viejos que tenían las abuelas. Hasta ahora no lo he podido abrir.

martín

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